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A mediados del siglo XVIII, las minas de Almadén se encontraban en una lamentable situación, con una mala organización laboral, huelgas, incendios provocados, disturbios y un largo etcétera de altercados que perjudicaban el normal desarrollo del trabajo e impedían la obtención de buenos resultados económicos. Esta situación se debía, en gran medida, al abandono que habían sufrido durante el arriendo a la familia de banqueros alemanes Fúcar (1525-1645) y a los desaciertos y falta de recursos del Estado a partir de entonces.

La Corona, amparada por los aires innovadores que recorrían Europa, con las ideas ilustradas en auge, y consciente del alto potencial de las minas de Almadén (necesario para la obtención de metales preciosos americanos que iban a parar directamente a las arcas reales), manifiesta su preocupación por la situación de estas minas y así pone en marcha una serie de acciones para mejorar la organización del establecimiento minero. Fruto de estas actuaciones es la afluencia de expertos extranjeros que asesoraron e implantaron modernas técnicas para mejorar la explotación de las minas y la organización del comercio.

Los gobernantes de la época empezaron a preocuparse por la promoción de la enseñanza de la minería y por ello se contrató en 1756 a Carlos Köeler, al que se obligaba a enseñar la minería y la metalurgia del azogue. Su inesperada muerte impidió la creación de la Escuela de Almadén por aquellas fechas, teniendo que esperar hasta el 14 de julio de 1777, fecha del nombramiento por Real Cédula de Enrique Cristóbal Störr como director de la mina, “con la obligación de enseñar a los jóvenes matemáticos, que se remitirán de estos reynos y los de América, para que se destinen e instruyan en la theorica y practicamente, la Geometría Subterránea y Mineralogía”.

Así, con esta condición que Carlos III impuso a Enrique Cristóbal Störr cuando fue nombrado director de las minas de Almadén, se creó la primera Escuela de Minería en España y la cuarta del mundo, tras las de Freiberg (Alemania, 1767), Schemitzz (Eslovaquia, 1770) y San Petersburgo (Rusia, 1772).

Enrique Cristóbal Störr era un ingeniero subterráneo de las minas, procedente de Alemania, que ejerció interinamente el cargo de director desde el fallecimiento de Köeler, ocurrido en 1757. Fue nombrado director como premio a sus servicios, después de contribuir a la extinción del devastador incendio de 1755 que duró dos años y medio, restablecer el laboreo de las minas tras el mismo y fomentar la producción del azogue.

Una vez fundada la academia era necesario encontrar acomodo tanto para la enseñanza teórica como para alojar a los alumnos, pensionados a costa de la Real Hacienda. En un principio se dispuso el alojamiento en una casa arrendada al tesorero de las minas, impartiéndose las clases en la residencia del propio director Störr. Ante la incomodidad de la situación, una Real Orden de 1781 dispone la construcción de un inmueble adecuado a tal fin que será inaugurado a finales de 1785. En un primer momento se concibió la idea de construir dos edificios, uno propiamente para la academia y otro como residencia de alumnos, pero no se llevó a cabo porque se optó por la idea de construir un único edificio para las dos funciones.

Los alumnos, a los que se denominaba jóvenes profesores de matemáticas o jóvenes matemáticos debido a que se les exigía formación previa en esta materia como requisito para su ingreso, debían asistir a clase diariamente en traje académico y realizar las prácticas en la mina. Las asignaturas impartidas inicialmente eran geometría subterránea, física, química, mineralogía y dibujo. El régimen de enseñanza era similar al de los ingenieros militares, de ahí que durante su formación obtuvieran el rango de cadetes de un regimiento de América y como tales fueran uniformados.

La institución acogió alumnos de distintos puntos de la geometría española interesados por las técnicas mineras. Sus aulas vieron pasar personalidades de la talla de Fausto d’Elhuyar, en la nómina de profesores (descubridor del wolframio) y Andrés Manuel del Río, alumno investigador al que se debe el hallazgo del vanadio.

La existencia fue lánguida durante algunos años, enturbiada e interrumpida durante la Guerra de la Independencia y el centro no recuperó su vitalidad hasta entrado el siglo XIX, en el que se logró establecer modificaciones en el plan de estudios así como en el régimen de admisión.

En 1835 la Academia de Minas es trasladada a Madrid, donde se funda la Escuela Especial de Ingenieros de Minas. La escuela primitiva perdió su función original, convirtiéndose en Escuela Práctica de Minería, pasando a ser la primera Escuela de Capataces de Minas del país. Diferentes reglamentos dieron la pauta a esta nueva titulación a la que sucederán las de Facultativo, Capataz, Perito e Ingeniero Técnico de Minas.

Hasta el año 1973, momento del traslado al nuevo inmueble de la actual Escuela de Ingeniería Minera e Industrial de Almadén, el edificio de la Academia albergó estas enseñanzas y constituyó una verdadera fuente de técnicos de la minería. Posteriormente mantuvo otros usos como el de vivienda del administrador de las minas, guardería infantil o albergue de transeúntes.

Se trata de un edificio de planta rectangular con el lado mayor en su fachada. En la parte posterior tiene un amplio patio ajardinado. Tiene dos plantas a la calle y dos sótanos en su parte posterior debido al desnivel del terreno. Su máximo interés radica en la fachada y en concreto en la portada y balcón superior con un escudo en el remate. Salvo su portada, que es de piedra, el resto está enfoscado y con dibujos de almohadillado.

 

  • Dirección: C/ Mayor de San Juan, 72
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